Los pensamientos que tenemos, la actitud personal que mostramos, la experiencia previa que hemos vivido, las expectativas que se han hecho otros de nosotros, son factores que influyen en cómo percibimos nuestra vida y como nos desenvolvemos en ella. Pero hay algunos factores que son determinantes a la hora de evaluar nuestros esfuerzos, y por lo tanto en forjar nuestras metas: uno de ellos es quién creemos que controla el resultado de nuestras acciones.
Este factor se llama Locus de Control, es decir, dónde se encuentra el control de la situación. Si el locus de control es interno (dentro de nosotros) asumimos toda la responsabilidad de lo que nos ocurre, tanto de lo bueno como de lo malo. Por ejemplo, si afrontamos una entrevista de trabajo y no la superamos, pensaremos que lo hemos hecho mal (“no debí dar esa respuesta”); y si la superamos, entonces nos felicitaremos por lo bien que lo hemos hecho (“me he desenvuelto muy bien”).
Por el otro lado, un locus de control externo (fuera de nosotros), desplaza la responsabilidad de lo que nos ocurra a eventos, circunstancias o factores que están fuera de nuestro alcance. Volviendo al ejemplo de la entrevista de trabajo, si no la superamos achacaremos la culpa al entrevistador (“me miraba mal, desde el primer momento no me quería contratar”); o si bien hemos conseguido el trabajo, negaremos que el éxito haya sido nuestro (“me escogieron porque mi amigo me recomendó”).
Al margen de lo que haya pasado en la realidad (en el ejemplo, de cual de las cuatro suposiciones es cierta: equivocarse o acertar en la entrevista, ser descartado de primeras o superarla por recomendación), nuestro ánimo, actitud y expectativas van a verse afectado por lo que nosotros creamos que haya ocurrido, y ahí reside la importancia de esta atribución de control.
Es preciso aclarar que las personas no solemos expresar un locus de control interno o externo de manera continua y permanente, aunque sí hay personas que tienden a mostrar más un patrón que otro. Este patrón es una creencia mental, y como tal puede ser modificada por la persona. Pero dicho esto, podemos formularnos una pregunta: ¿Qué es mejor, un locus de control interno o externo?
Las personas que asumen que casi todo lo que les ocurre en la vida es fruto del mundo exterior, se encuentran a expensas de los acontecimientos. No perciben que tengan un control claro sobre su curso vital, lo que genera inseguridad cuando las cosas van bien (“Ojalá esta situación dure mucho tiempo”), pero impotencia y desesperanza cuando las cosas se tuercen (“Para qué voy a buscar empleo, si no me van a coger”). Y recordemos que la inseguridad, la impotencia y la desesperanza son puertas abiertas a problemas psicológicos.
Por otro lado, las personas que creen que la mayoría de lo que les pasa en su vida es por lo que hacen, se sienten con más control sobre su ambiente. Aunque cuando las cosas salen mal suelen culparse a ellos mismos (y deberán ser capaces de superar ese sentimiento), cuando se consiguen logros son capaces de reconocérselo y, por tanto, alcanzar un mejor bienestar personal y mayor autoestima.
Por tanto, aunque lo ideal sería ser capaz de diferenciar con veracidad cuando los resultados de una acción han sido debidos a nuestra actuación, y cuando han sido por causas ajenas, podemos determinar que ser capaces de asumir la responsabilidad de nuestra situación, y por lo tanto aceptar el desafío de superarla, es un patrón de pensamiento más adaptativo que quedarnos a merced de los acontecimientos.









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